SAUSALITO

Han pasado cuatro días pero parece un mes. Sigo sin saber en qué día vivo. Creo que ya he asumido que eso es lo que me hace más feliz.

Llegué a Sausalito después de coger tres autobuses y atravesar el Golden Gate Bridge. Sausalito es un pequeño pueblo en la zona de la bahía con una marina enorme llena de veleros y yates. Es una pueblo de gente con dinero aunque también hay pobres y drogadictos rondando por la zona. Se supone que yo me iba a quedar en el velero de Steve, un hombre pobre que vive en su velero como tantos otros en Sausalito, ya que muchos de estos barcos están abandonados. Aún así nadie los quiere porque están destrozados y hay que invertir mucho dinero en su reparación. No sé cómo Steve consiguió el suyo. Al final nunca lo llegué a ver. Nada más llegar a Sausalito me puse a escribir y me fue muy bien. Era domingo y el pueblo estaba lleno de turistas dispuestos a dejarse el dinero en lo que fuera, y cuando me veían ahí sentada no podían resistir la tentación de por lo menos preguntarme qué es lo que hacía. Escribí varios poemas. El tema que más me gustó fue el que me dio un niño de unos 9 años que estaba absolutamente enamorado de la máquina de escribir. Me dijo que quería un poema sobre “The Rock Man”. Yo le pregunté que quién era ese hombre y el niño me contó que era un hombre muy viejo que siempre estaba en el puerto haciendo figuras con rocas, poniendo unas encima de otras haciendo equilibrios imposibles. Me contó que aquel hombre le enseñaba a ser paciente y lo importante que era observar. Yo estaba absolutamente fascinada con el niño y con este hombre que se dedicaba a dar consejos maravillosos a niños que ya no suelen tener tiempo ni para jugar con las piedras.

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Terminé mis horas de trabajo y me reuní con Steve. Resulta que aquel domingo terminaba no sé qué festividad judía y Steve quería construir una Sucá. Yo no tenía ni idea de lo que era una Sucá y me contó que los judíos solían levantar pequeñas construcciones de madera para cobijar a todo aquel que no tuviera un lugar para dormir. A mí me pareció una idea muy bonita y me fui con él y con dos personas que conocimos en el parque y que también querían ayudar: Mike, un guitarrista que andaba vagabundeando por Sausalito desde hacía un par de meses y que vivía en los arbustos y Margaret. Margaret no contó nada acerca de su vida.

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No tardamos mucho en construir el Sucá y entonces Steve dijo que podíamos ir a una iglesia Baptista no muy lejos de allí donde iban a dar una comida benéfica gratuita. Todo el mundo parecía muy hambriento así que decidimos que era un buen plan. Mike no vino. Creo que se había comido un tripi y estaba muy tranquilo tocando la guitarra en sus arbustos así que no se vino con nosotros.

La iglesia estaba llena de negros que cantaban con unas voces increíbles. ¡Por fin! ¡Una iglesia donde escuchar Gospel! Yo estaba muy feliz. No tenía prisa por ir a ningún lado y mi visita a Sausalito se estaba volviendo cada vez más surrealista. Steve y Margaret bailaban. Yo lo observaba todo como una estatua. Dejándome llevar como una niña con una colchoneta entre las olas de la orilla del mar.

Estuvieron hablando del Señor durante tres horas por lo menos. Parecía que aquello no iba a terminar nunca. Repetían mucho la palabra “amén” y “aleluya”. Hablaban de milagros y cosas por el estilo. Por fin nos llevaron a la parte trasera de la iglesia donde nos sentaron y nos dieron de comer. El hecho de que pensaran que yo era una yonqui me hacía sentir bien. Todo el mundo se acercaba a hablar conmigo y me abrazaba. Me preguntaban de dónde era y me decían que estaban muy contentos de tenerme allí. Yo les sonreía a todos con mi pedazo de carne entre los dientes y les decía que el placer era mío. No había comido nada en todo el día.

Ya era de noche cuando salimos de la iglesia y Steve nos invitó al barco pero era un lío tremendo porque sólo tenía una canoa para llegar hasta el barco (que por supuesto no estaba atracado en la marina porque hay que pagar una millonada) y tenía que hacer dos viajes y Margaret llevaba su guitarra y bueno. Al final me fui con Margaret que tenía una furgoneta en un pueblo no muy lejos,a unos cuarenta minutos de Sausalito. Point Reyes. Típico pueblo de EEUU profundo lleno de hombres barbudos a los que es imposible entender. Una gasolinera, un bar, y un garaje mecánico. Desde entonces no me separé de Margaret.

Al día siguiente me llevó a conocer su pueblo natal. Bolinas. un pueblito muy lindo pegado al mar. me contó todas las historias interesantes a cerca de la gente de este lugar y luego fuimos a comer a un supermercado. Margaret, que también era pobre, sabía todos los trucos para conseguir comida y café gratis. Nos tiramos allí toda la tarde hablando de nuestras vidas y bebiendo café sin parar. Después volvimos a Sausalito a tocar el piano (porque al lado del parque hay un piano público con un cartel que dice “play me”) y allí cantamos canciones de piratas y marineros. Apareció Mike. Luego apareció un autobús-caravana que aparcó a nuestro lado haciendo un ruido tremendo. Se trataba de una familia entera de hippies que iban viajando por EEUU y tocaban instrumentos. Yo no me lo podía creer. Estuvimos cantando canciones y hablando de nuestros respectivos viajes un par de horas. Resulta que ellos también habían estado en el Hardly Strictly Bluegrass festival en el Golden Gate Garden dos días antes.

Un chico muy joven con el pelo liso y rubio apareció y se presentó como Jesús. Llevaba una camiseta con una cruz. Daba muchos abrazos. También vivía en un barco. Al final todos acabamos durmiendo allí y fue increíble despertarme por la mañana en la bahía entre el reflejo del sol sobre el agua y focas asomando el hocico por la superficie. San Francisco se dibujaba a lo lejos entre una bola de contaminación pero aun así era muy bonito.

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Pase dos días más con Margaret recorriendo Marin County.
Acabo de volver a San Francisco y estoy absolutamente agotada. Ha sido muy intenso. Demasiadas historias, demasiado presente.
Mañana iré a la zona de Embarcadero a escribir poemas. No se muy bien lo que me voy a encontrar. Tampoco me importa.
Cada día es un siglo y cada noche duermo como un tronco. Lo único que importa es aquí y ahora. Escribir mis poemas. Hacer algo de dinero. Comer. Encontrar un lugar donde pasar la noche.
Nada más.

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