THE FIRST END

Me gustan los trenes.
Los trenes son lugares de refugio, centros de meditación donde el tiempo se ralentiza y la gente guarda silencio de forma natural.
Me gusta que la gente sea silenciosa. Es una forma de compartir la soledad desde dentro.
Los Angeles no termina nunca. En realidad no sé ni por donde ha empezado y desde luego no quiero saberlo. Esta ciudad es una droga que te empieza a subir tarde y mal. Demasiados coches por todas partes y una soledad que nadie comparte porque ya está afuera. Y a mí, que me gusta caminar, me dejan la acera libre de pensamientos para que me tope con algún carro lleno de ropa sucia o con una hamburguesa estampada contra el suelo.

No necesito estar aquí, y no quiero formar parte esto. Y por eso viajo, para saber lo que quiero en mi vida y lo que no.

El océano Pacífico está tan lejos de todo que ni siquiera te das cuenta de que lo tienes cerca. El dinero es el único motivo aparente y me cuesta desmantelar mis prejuicios. El capitalismo ruge como un dinosaurio enfurecido y todo tiembla en esta montaña de poder donde es casi imposible tener tiempo. El tiempo se hundió en el horizonte pero aquí nadie sale a navegar por las tardes. El océano es un cuadro que va cambiando de color  pero también espejo de la evidencia.

Me voy a San Diego.

Me voy hacia el sur.

Pronto el océano tendrá sentido.

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