EL HOGAR DE LOS AEROPUERTOS

aeropuerto

Los aeropuertos me escupen y yo los amo con todo mi corazón por cobijar la tristeza que allí habita por pura casualidad. Por ser un lugar que no fue diseñado para ser un lugar, sino para el tránsito de órganos que palpitan dentro de esqueletos que caminan. Vamos caminando con nuestras maletas llenas de cosas. Pequeñas cosas que nos definen. Somos animales que acaparan objetos y los llevan de un lado a otro del mundo. 55x40x20cm. Lo suficiente para sobrevivir y estar triste al mismo tiempo.

Aeropuertos llenos de baldosas frías y luces feas. Starbucks abiertos a las 5:00 am. Algunas almas miserables y otras no tan miserables que aun así nunca sonríen. Porque la gente no es feliz en los aeropuertos. Los empleados no pueden sonreír a las 5:00 am porque no sería protocolario. Los conductores de los cochecitos que limpian el suelo también tiene que estar serios porque limpiar suelos a las 5:00 am no es divertido. Todo el mundo tiene que estar triste y cansado. Llevar ropa muy limpia como recién planchada y zapatos de suela dura que hagan ruido al caminar por el vacío de un no-lugar para que la soledad sea más evidente.

Los aeropuertos me gustan porque me acogen sin hacerme demasiadas preguntas. Me ponen en evidencia por ir siempre tan sucia. Me quitan el hambre y me dan acidez de estómago. Me succionan para que no llegue tarde a mis huídas. Me tatuan destinos en el cerebro y yo los admiro con la seriedad de una creyente practicante. Los venero por ser mis templos particulares donde puedo rezar a la nada y alienarme en los lavabos. Siempre meto la mochila conmigo, no vaya a ser que otra mujer alienada me la quite. Ese bulto es lo único que tengo. Es mi 55x40x20cm. Mi tristeza.

Y me asombro por la fluidez y profesionalidad de mi liturgia. Ese sentimiento de culpabilidad al pasar por el detector de metales y la adrenalina al confirmar que no te ha pitado el miedo. Que no han encontrado nada raro en la máquina de escribir. No han encontrado la droga de mis palabras. Ni si quiera los perros la pueden oler.

Siempre hay demasiados asientos en las puertas de embarque. Parece que lo hacen a propósito para hacer más evidente nuestra miserable soledad. Y esa belleza es un privilegio. Es el privilegio del que elige dejarlo todo porque se dio cuenta de que no tenía nada. El tránsito. La historia de cualquier animal. Un deber genético que no puede ser eludido.

Me voy lejos de ti sin saberlo y el aeropuerto quiere comerse mi corazón.

Pero él no sabe hacerme reír. Y así no se puede.

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