EL PACÍFICO

La vida en el Pacífico supone un rencuentro con uno mismo. Un respeto hacia lo salvaje, hacia el poder de las olas, que en el fondo son lo más humilde que siempre me encuentro por el camino. Un silencio construido a base de viento y sal. Entornar los ojos para que el sol no me ciegue, y hundir mis presente en la arena.

Pasé ocho días durmiendo en la playa. Mi casa era una tienda de campaña roja donde metí mi mochila y un colchón que me dejó mi amigo Daniel. Dormía a veinte metros de la orilla y por las noches escuchaba el sonido de las olas acariciando la tierra. Cada mañana me levantaba desnuda y caminaba por la playa dejando que esas mismas olas me acariciaran a mí. Demasiado asfalto en las últimas caídas, demasiados semáforos e impaciencia de invierno.

Tan sólo necesitaba algo sencillo.

Algo que me conectara a la tierra, a un océano que siempre vuelve a mí. Necesitaba escuchar el sonido de algo vivo, algo sin voz. Una música ancestral que me arropara y me empapara de aire. Y así, cada noche, enamorada de aquellos instantes, me iba a dormir con una sonrisa también sencilla, sabiendo que aquel presente era un regalo. Un privilegio.

Cada mañana me levantaba desnuda y caminaba la playa de punta a punta. Una hora dedicada únicamente a disfrutar de esa orilla y a observar el horizonte. A cerrar los ojos frente a la dictadura del sol y caminar. Es increíble la conexión que generas con tu cuerpo cuando vas desnuda en tan sólo unos días. Al principio te da un poco de vergüenza pero poco a poco conectas con él y te sientes cómoda en compañía de tu desnudez.

Luego al mediodía me iba al Centro Piña Palmera, un lugar mágico donde un grupo de personas maravillosas trabajan cada día para facilitar las condiciones de vida a personas con parálisis cerebral y ciertas discapacidades. Allí trabaja como voluntario mi amigo Daniel, que me ha cuidado muchísimo estos días y me ha abierto las puertas al centro.

Por las noches escribía.

No sé cuántos poemas llegué a improvisar pero fueron muchos. Y recuerdo que con cada persona hablaba mucho tiempo. Como si cada poema requiriese de una introducción, un nudo y un desenlace. Un intercambio absoluto entre desconocidos. Como siempre, pero no sé, algo había en el ambiente que lo hacía todo lento y sosegado. Quizá por la vibración del océano, siempre cerca. Todo el mundo tenía ganas no sólo de llevarse un poema sino de hablar. De hablar como si no hubiera un mañana que llenar de palabras. Y cada noche acababa agotada pero feliz. Con una sensación de plenitud hermosa. Y me iba más o menos temprano a dormir, porque no me interesaba demasiado salir de fiesta, emborracharme o quedarme hasta las tantas en el andador. Lo que quería era volver a mi playa. A mi melodía salvaje de olas. A la soledad adictiva de mi tienda de campaña. A mis necesidades básicas, y al privilegio de poder dormir y no tener pesadillas. De poder cerrar los ojos cansada y no pensar en nada. Únicamente respirar y escuchar ese sonido callado tan dulce y tan mío. Y así, la eternidad. Ocho días en los que no me acordé del tiempo. Y un lugar donde poder por fin, descansar.

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