EL PRINCIPIO DEL MIEDO

Los adultos me dijeron que me diera mucha prisa. Que para qué quería yo mirar tan lejos con mis ojos de piedra si las piedras se hunden. Como la luz. Como todo lo que ya no sirve.

Me hablaron de ballenas muertas. De cárceles, códigos y domingos. De espejos amplios donde competir por el pedazo que no está sucio con una alambrada en los dientes a la que osaron llamar palabra.

Los adultos, que también respiran, me hablaron de corbatas y de cómo limpiar las pelusas cuando se te escapa la miel por la nariz. Pero no del aliento de las mariposas. Ni de los peces que no temen a la inmensidad.

Se olvidaron de cómo llorar. De cómo aporrear el piano hasta romperse los dedos y de beberse la sangre. Se olvidaron de muchas cosas, incluso de cómo abrazar a los perros.

Ellos me hablaron de cómo convertirme en adulta y sus palabras coloreaban un vómito de podredumbre seca. No volaban porque se habían comido sus propias plumas y ahora les crecían monedas. Salían de sus ojos como ranas enloquecidas. Salían disparadas como los chorros de las fuentes, empapándolo todo de una impermeable tristeza.

Me dijeron que la juventud era tan sólo el principio del miedo. Que el terror llegaría. Que la seguridad era la única cadena que merecía algo tan profundo y hermoso como el amor y se cubrieron las muñecas, llenas de heridas, una sangre envenenada de planetas invadidos.

Me miraron a los ojos e intentaron matar al fuego blanco que tranquilo y sosegado mantenía intacta la posibilidad dentro de mi esternón. Intentaron atragantar mi nieve con sus botas mugrientas, y callar mi silencio.

Pero aquel lenguaje no estaba sucio como el verde en mis rodillas. Era un sucio oxidado sin cimientos ni tejados donde todo moriría al llegar el momento. Moriría como sus niños dentro. Tumbas en los pulmones. Urracas en los ojos chillando al agua de río.

Intentaron abrigarme con felpudos de oro donde limpiar las hadas de mis pies. Querían sacudírmelas y que también se murieran de tristeza. De obligación.

Y así las horas, demoliendo continentes, achicando el horizonte, se comenzaron a alejar de aquel sacrilegio. Se iban separando una a una de aquellas palabras, bajando parcialmente su volumen hasta que sólo quedaron unos labios aleteando murmullos como un pelícano a cámara lenta.

Las horas vinieron a reposar su cansancio a mi lado. Y me miraron directamente al fuego, y sonrieron. Y aquella complicidad me sedujo con una música potente que vibraba en mis órganos enraizándome a la tierra con sus trompetas.

Entonces los adultos comenzaron a perder el cabello y se asustaron. Su piel se corroía intentando llegar a la tumba de sus pulmones devorando el ruido. Sus ojos se hincharon y estallaron manchando las paredes, pero no mi fuego. Mi fuego seguía ardiendo como cualquier fuego digno de calentar al mundo.

Y cuando quise mirar de nuevo, los adultos se habían callado. Estaban lejos, en otro abecedario. En otra lengua, una lengua demasiado artificial para cualquier pedazo de tierra donde la vida pueda crecer. Un insulto a las lenguas vivas de las montañas que ya nadie quiere escuchar.

Aquí crecía el fuego junto a la música. Y comprendí que yo ya era adulta.

Comprendí que siempre intentarán destruir a la niña azul que sigue enviando cartas a distintos planetas. Que son pocos los niños que crecerán siendo niños. Que elegir es tan fácil. Que respirar es beberse el presente y que las ballenas pueden estar meses sin comer. Que ellas también se hunden regalando su magia a la enormidad donde todo es oscuro.

Cuando alcé la valentía allí les vi.  Los adultos esperaban apaciguar su ansia con mi palabra. Confiados en su valle de estacas y cañones todavía calientes.

Pero yo les dije que el océano es mi casa.

 

 

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  1. Alex Ro

    Estoy sentado en la sala de mi casa, tengo una pequeña taza de café y un plato de frijoles fríos frente a mi, estoy llorando después de leer tu texto.

    Estoy en medio de la incertidumbre y el deseo, el deseo de seguir mi sueño: ser escritor.

    Hoy vine a hablar con mi madre para darle la noticia, dejare la psicología para comenzar a vivir, para volar y plasmar el mundo en letras.

    Acabo de leer el texto y sigo llorando. Acaban de abrir la puerta, es mi madre, es hora de tomar una decisión, ¿las decisiones son fáciles no? Tu lo haz dicho.

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    • sí. lo son. lo difícil es acabar lo que empezamos. si tu deseo es ser escritor, escribe. todos los días. si no te gusta carrera, entonces sí, déjala. y trabaja duro, siempre. gracias por tus palabras. 🙂

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