HOLA, QUEBEC

La primera vez que salí a escribir por las calles de Montreal fue con Leah, una amiga que conocí en Nueva Orleans hace un par de meses. Fuimos al parque Tam-Tams el domingo y hacía bastante frío… Estuvo bien. Me dieron el tema de Don Quijote así que no me puedo quejar. Fue un primer día de explorar la zona, de habituarme al entorno y sobretodo de reconocimiento. Un momento de reconexión con la máquina después de tantos cambios. Un nuevo país, un nuevo episodio en este viaje que nunca termina.

montreal

Todavía no entiendo esta ciudad. Es muy estática. No hay mucha gente por las calles y todo es muy silencioso. Por suerte tengo una bici. Me estoy quedando en casa de mi amiga Annie que es algo así como un pequeño templo espiritual lleno de tambores, velas, piedras, cuencos tibetanos y plumas majestuosas. También hay un gong. Hacemos yoga kundalini y meditaciones de vez en cuando. Vemos películas y comemos helado. Hablamos. Reímos. Un pequeño retiro donde sentirme en casa. Un reencuentro hermoso con esta mujer fascinante que conocí un día en Bacalar, México, hace ya algunos meses.

No estoy saliendo mucho a escribir. Necesitaba reposo, necesitaba velas, mantras, piedras, chakras y cuencos tibetanos. Necesitaba respirar un poco. Viajar dentro de mi cuerpo y observar lo que ahí sucede. Ver el color de mis entrañas, las texturas, los olores. Observar las emociones que allí se instalan y tocarlas con mis imágenes. Entender mi unidad, tan dislocada durante tanto tiempo. Me entretengo con el tarot y cartas sagradas que Annie ha dejado en mi habitación. El oráculo de las diosas, I ching (sólo si ella me invita a explorar con esa baraja) y la medicina de los animales. Cartas con las que me divierto y asombro. Hace tiempo que dejé de creer en los prejuicios.

Estudio diferentes lenguajes, la intuición, la magia, la espiritualidad, la energía, el poder de la mujer. Intento comprender de dónde viene mi medicina y cómo he de usarla. Escuchar los mensajes. Leer las señales. Viajo en las meditaciones y observo lo que me rodea. Veo cosas. Veo muchas cosas. Y todo está dentro de mí. Las respuestas están dentro de mí.

Qué difícil es romper algunos muros. Abrir los ojos luciérnaga. Demoler el miedo, no sin antes abrazarlo. Qué difícil es ver lo que no queremos ver. Mi cuerpo habla y como dije hace tiempo, he venido aquí para escuchar. Creo que no he venido a Canadá para escribir poemas… pero aún así he salido a escribirlos.

Y los seguiré escribiendo.

Siempre.

Ayer fui al marché Jean-Talon a improvisar. Hacía un poco de frío. Hablé con los organizadores del mercado. Dicen que me llamarán para ver si me puedo instalar dentro del mercado. Eso dicen.

Me salí afuera. Qué remedio. El presente brillaba como el sol que no quería salir. Olía a flores. La gente no me miraba. Todo el mundo estaba muy atareado con sus propios pensamientos, con sus prisas, sus conversaciones con quien sea que estuvieran hablando dentro de sus cabezas. Yo decía.. “Bonjour!” pero les costaba tanto contestarme… En Nueva Orleans todo el mundo se saluda con una sonrisa de oreja a universo pero aquí la gente se asusta un poco al confrontar un acercamiento verbal tan directo. C´est comme ça.

Todo brillaba. Todo era tan obvio. Creo que ni siquiera estaba allí pero podía sentir cómo mis pies echaban raíces, cómo un árbol me estabilizaba de la manera más estúpida. Que suele ser la más hermosa y la más sencilla.

La pregunta ¿qué hago aquí? se ha convertido en una acuarela difusa sin sentido. Es una pregunta que ya no sé formular. Ni siquiera sé muy bien qué es “aquí”, pues aquí es todo. Y no hay diferencia entre un lugar del planeta y otro, todo está conectado bajo tierra. Y yo me veía contra esa pared tan fría mirando a los humanos bien de frente. Esperando sin esperar. Estando. Observando la melodía de esta ciudad y sus ciudadanos que caminaban sin prisas. Muy despacio, muy ocupados en sus nubes particulares. Muy individuales y blancos. Muy tranquilos con sus gorros y bufandas, sus compras. Su clausura.

Hablé un rato con un mendigo senegalés que se había vomitado encima. Me miraba con sus ojos antiguos. Estaba muy enfermo, quizá de civilización. Enfermo de desconexión con su tierra, un autismo férreo sin cura. Estaba muy solo. Me contó su vida y me dijo “Aide moi”. Le di un par de dólares y se fue. Luego una mujer de unos 60 años se acercó a mí y empezó a gritarme en francés. Me dijo que “poèmes” se escribe con “e” y con acento mientras señalaba mi pequeño cartel con mucho odio. Yo le dije que estaba en inglés, y ella siguió gritándome un buen rato diciéndome que gente como yo ponía en peligro la integridad de Quebec, su idioma y sus tradiciones. Que era muy importante para ellos mantener esa tradición a través de su idioma para combatir el colonialismo inglés y que debía respetar eso. Me hablaba con mucha ira. Esa mujer estaba llena de odio y sus gestos emanaban fuego, rayos y centellas. Toda ella era una chimenea enfurecida. Y me odiaba mucho.

Yo intenté decir algo pero ella no me dejó, así que escuché todas y cada una de las palabras que esa mujer necesitaba decir. Ni siquiera traté de explicarle nada. No sentí ganas de hacerle saber que si estaba ahí escribiendo es precisamente por mi inexplicable necesidad de conocer mundo, de conocer diferentes culturas y perderme en ellas. Que mi respeto hacia el mundo y sus idiomas y sus gentes es inmenso. Que las palabras son mi vida.

Al final se relajó y se dio cuenta de que había sido muy agresiva conmigo. No hicieron falta palabras por mi parte, al final entendió que yo no era más que un espejo. Un espejo donde reconoció su ira contenida, su deseo de gritar. Su frustración. Porque eso es lo que somos. Somos espejos. Y últimamente me veo en todas partes y en todas las personas.

La mujer se fue y yo continué observando la danza del presente. Escribí algunos poemas. No muchos. Recordemos que yo no estaba allí.

El último fue el de Lune, una mujer preciosa que me dio el tema de “dead skin” haciendo referencia a lo viejo, a la piel que mudamos, al pasado, los traumas, el peso que ya no nos sirve, y después me fui a casa con las manos heladas y el corazón despierto. Me fui sabiendo que ya hay determinadas certezas que se han convertido en cimientos dentro de mí. Que todas estas lágrimas son los restos de mi piel muerta y que siempre va a haber mucho trabajo que hacer.

Pero este ya está hecho.

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  1. Alexander Joseph

    Tania, esun placer leer tus experiencas … eres una mujer muy especial y las experiensas que vas acumulando son inolvidables, bonitas y no tanto.. a mi me escribiste un poema sobre mi Mama de 94 años, en Zipolite…

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  2. Antonio

    Tania por fin vuelves a escribir en tu blog!!! Me encanta como vas desgranado tus vivencias y acumulando más y más sabiduría y experiencia. Tarde o temprano seguro que los que te seguimos disfrutaremos aún más de tus palabras. Por favor, sigue construyendolas. un beso

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    • Antonio!!! Vaya,,, gracias. La verdad es que no sabía que había tantas personas siguiendo el blog. Me hace feliz saber que hay gente que disfruta leyéndome! 🙂 No sé por qué en Nueva Orleans no tuve fuerzas.. demasiada vida ahí afuera. No tenía anda que contar. Ahora que he vuelto a la soledad de las fronteras y que ya no salgo a escribir a la calle todos los dias… siento más ganas de volver a blog. sEGUIRÉ ESCRIBIENDO!!! mUCHOS ABRAZOS aNTONIO!

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  3. Pablo

    Se te lee con cariño, un saludo desde Asturias.

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