DE CÓMO LLEGUÉ Y ME FUI DE NUEVA ORLEANS

Bison Formal Portrait

 

Sé por dónde empezar.

Llevaba dos días encerrada en un apartamento en Las Vegas en una urbanización llamada “Paradiso Complex” escuchando música clásica en la bañera y viendo películas en Netflix. La pareja que allí vive se fue el fin de semana a Disney y necesitaban a alguien que diera de comer a los gatos.

Dos días antes hablé con Antoine.

-Tengo que salir de las Vegas cuanto antes. Han pasado cosas.

-Tu est bien ma chérie?…Pues…¡Que vengas!

Antoine es francés y habla español de una manera muy peculiar. Antoine es imperativo y le gusta serlo. Yo nunca sé decirle que no.

Antoine me cambió la vida y siempre le querré. Dentro de quince años Antoine y yo nos tomaremos un vino delante de una chimenea en los Pirineos y hablaremos de la vida. Dormiremos desnudos, como siempre y no tendremos prisa por saber cuándo nos volveremos a ver. Todo esto si Antoine no se ha muerto.

Compré un billete de avión a Nueva Orleans. El hombre al que vine a ver y que ya no me quería más en su vida no tardó más de dos días en deshacerse de mí. Incluso me ofreció 200 dólares para que me comprara un billete a donde fuera porque se sentía culpable. Yo le dije que se metiera el dinero por el culo y me fui a Nueva Orleans.

Cuando le conté a mi gente que me iba a Las Vegas a pasar un tiempo con un hombre al que había conocido dos meses antes todos me dijeron que estaba loca. Y bueno, es que yo no pienso las cosas, tan sólo las hago. Es la única manera de estar donde tengo que estar. Y Nueva Orleans era la ciudad donde tenía que estar.

Mis amigos volvieron de Disney así que me despedí de los gatos. Me llevaron al aeropuerto y nos hicimos un selfie. Después de pasar por el detector de metales me senté en una de las sillas de la sala de embarque sin entender absolutamente nada de lo que estaba pasando. No tenía fuerzas para hablar. No existían las palabras. El mundo era tan absurdo. Gente llevando a sus perros en carritos y esas cosas. Matrimonios. Vidas. Casinos, mujeres enseñando las tetas. Luces de colores. Gatos. Disney, familias. Aeropuertos. Tiendas de marca y esas cosas. Yo flotaba. Incapaz de emitir sonidos. Incapaz de dormir en el avión. Recuerdo que estuve todo el tiempo mirando a la nada con los ojos bien abiertos. Miraba un punto fijo y todo se volvía borroso. Al cabo de un tiempo indefinido me di cuenta de que llevaba ya unos cuantos minutos sin pestañear y me felicité a mí misma por mis capacidades. Creo que los músculos de mi cara nunca han estado tan quietos.

Antoine me recibió con una botella de whisky. -¡Bebe!- me dijo. Bebe.

A mí, que nunca me ha gustado el whisky, me pareció la mejor idea del mundo y le abracé con fuerza. Él y Sam me llevaron a Big Daddy’s a tomar una copa. Eran las tres de la mañana y la vida brillaba aunque yo seguía sin entender nada. A las dos semanas ya me había alquilado una habitación e improvisaba poesía a diario en Royal Street. De repente tenía veinte amigos y una bicicleta. Incluso iba algún fin de semana on the bayou a hacer kayak. Se me da bien construir pequeñas vidas, supongo. Se me da bien todo lo que huele a nuevo. Aunque mucho mejor se me da la soledad.

Qué bonita la vida en Nueva Orleans. Qué sucio todo. Qué de ruido y cuanto sexo y qué fácil. Swamp kids everywhere, so cool and dirty.  Las mujeres no se depilan y todo el mundo se saluda por la calle. Es costumbre sonreír a los desconocidos y cultivar tus plantas aromáticas en el jardín. Las habitaciones no tienen muros y todo el mundo toca un instrumento. Nadie sabe muy bien qué hace aquí, pero todo el mundo se queda.

Hacía nueve meses que no tenía una habitación propia. El parto no fue nada doloroso. Nueve meses desde que dejé mi trabajo, mi piso y me corté el pelo. Nueve meses viajando. Parar fue fácil. Recuerdo que fui al chino a comprar una lámpara y algunas perchas. Eso fue todo. Recuerdo mi entusiasmo al colgar cada prenda en el armario, una a una. Todas ellas colgando muy ordenadas una tras otra. La mochila vacía al fondo a la derecha. Dos pares de zapatos. Unas sábanas que me prestó Paloma y poco más. Qué grande la vida.

Y es así como empezó todo.

Hoy, dos meses y medio después escribo estas palabras desde un bar en Montreal. Todo es más difícil ahora. Aunque poco importa. Escribo estas palabras, este intento de resumen, este algo borracho. Me he abierto un perfil en workaway y estoy buscando algún rancho en medio de Alberta o de British Columbia donde perderme el mes de junio. Creo que necesito hablar con caballos. Sí. Eso es. O con los búfalos. Como Afueraenelcobertizo en El hombre que se enamoró de la Luna. Hablaré con esos animales antiguos porque realmente… ahora mismo, en este momento del mundo, en esta sala de embarque clonada, en esta ciudad de cera, en este presente caducado, en este maleta cada vez más vacía, en este silencio obtuso, en este sol artificial y en esta lengua que no reconozco en mis tripas… no tengo nada que decir.

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