El MISMO AUTOBÚS

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1

Delante de mí se mueren las ganas de quererlo todo como esa primera vez en que no te justificas y los ojos que tienes delante brillan arrogantes frente a una batalla que ya no necesitas luchar. Esclavos de una victoria que les dé de comer, no sé dan cuenta de que es más fácil vivir del silencio.

2

Si cada día fuese el mismo, escribiría más poemas. Pero no los viviría como los vivo.

3

A veces me despierto con el cuello dolorido en cualquier autobús sin saber muy bien dónde estoy. Porque nunca sé dónde estoy. Soy un nicho blanco sin catedral ni escultura. Me abro a todos los posibles caminos como una hormiga extraviada que hace tiempo que ya no vibra por el hogar. Despierto con el aleteo violento de alguna curva y me recojo en el saco de dormir que me compré un día en un supermercado en Kaunas, Lituania. Imagino la vida del conductor, que siempre está gordo y habla con mucha dulzura. Él sí sabe a dónde va. En su soledad de autopista está rodeado de otras hormigas que también saben a dónde van, que hacen y deshacen los mismos caminos como glóbulos ciegos a la deriva. Me pregunto si se cansaron del horizonte o de ver las mismas montañas una y otra vez. Esas mismas que a mí me duelen de belleza en los ojos. ¿Qué pensarán de los ciervos que se cruzan por la carretera? Pensarán que es otro ciervo más, igual que en las costas del Pacífico los pescadores piensan, mira allá a lo lejos, es otra ballena más.

En este imperativo constante de nunca dejar de avanzar, todo es nuevo, pero ajeno. Y a veces me asusta pensar que ya no me desintegro como antes. Que mis ojos observan los continentes como un hormiga que hace y deshace el camino todos los días, y cuyos paisajes, siempre diferentes, acaban siendo el mismo.

Luego me pido un café y el peor sándwich de jamón y queso del mundo en la estación Greyhound de Calgary, Alberta, mientras espero al siguiente autobús y me digo a mí misma que en algún lugar del mundo debe haber algún sándwich peor. Y también algún conductor incluso más feliz. Y al subirme al autobús, que bien podría ser el mismo, me vuelvo a dislocar el cuello para no perderme la monotonía alucinógena de la ventanilla. Esa soledad quimérica que me llena las venas de mercurio y de aromas. Esa montaña que podría ser la misma montaña, pero que nunca deja de ser un lugar distinto del universo.

4

Camino por las calles de todas las ciudades y escribo pensamientos en cualquier esquina. Hago planes como cualquier cerebro, aunque nunca van más allá de aquí a dos lunas. Mi columna vertebral es una incertidumbre que observa el mundo con ojos de animal. Mastico el presente y duermo lo justo para alargarlo un poquito más cada noche cuando el silencio siempre se queda corto en su efeméride. Huyo de los humanos porque sólo ellos saben hacerme sentir vulnerable. Preferiría encontrarme con un oso en el claro del bosque. Sería una muerte legendaria. Aunque a veces, los días en que siento dignidad por lo que soy, desearía ver a una mujer pariendo como una bestia salvaje y ser árbol para sostener sus gritos y nutrir mis raíces con su sangre. A veces, desearía ser las piernas de esta mujer que ha allanado el terreno lejos de los hombres.

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