LLEGAR A LA COSTA

Océano.

Las montañas apenas me dejaron espacio para echarte de menos esta vez. Estás repleto de algas mucosas por estos lares. Sigues igual de hermoso. Igual de Pacífico. Algún día te atravesaré como una mirada atraviesa un corazón. De momento, te acaricio desde el hormigón seguro de las canciones de costa que habitan en las tumbas de todos los pescadores, que no es más que este horizonte gris.

Recorrer Vancouver en bicicleta es como recorrer la tristeza de cualquier ciudad. Podría navegar en el Stanley Park hasta convertirme en musgo y olvidar la libertad de las bicicletas. Podría ser agua para alimentar a los pájaros. O podría ser una estrella que no puedes ver desde esta nube de miedo. Pero soy viento helado que se escurre en el recuerdo de los que aquí habitan, azules en sus incendios domésticos.

Estoy cansada.

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