LAS MÁSCARAS

Perú, octubre 2012

“Las ciudades son estados de ánimo. Sobre el asfalto de Lima se desplazan los coches de hojalata repletos de más asfalto y un pasado que pesa, más que nada por no saber cómo recuperar la tradición perdida. Esas pequeñas historias de los bisuabuelos muertos; esas mantillas cosidas por las bisabuelas vivas. Esos niños que crecen entre el asfalto, el pasado y las mantillas.Pero no las historias.

En los mercados se respira la podre de la carne. Las moscas se posan sobre mis pestañas y huele tan mal que me pregunto por qué compro aquí la comida. Luego recuerdo que esta comida no es transgénica y me tranquilizo. El olor a podre se vuelve repntinamente agradable y me digo a mí misma que la opción más inteligente es volverme vegetariana y listo. Las mamitas siempre tan dulces, me ofrecen ají amarillo y porro, que es puerro. Yo les compro de todo (menos carne) y cambio de puesto para diversificar mi humilde economía y conocer los nombres de todas ellas, que siempre se me olvidan. A la que más amo es a la que vende alfajores en la esquina.

Cojo el Metropolitano en Surquillo todas las mañanas, luego dos combis distintas para ir a la Universidad, que es de ciencias y no entiendo qué hago aquí porque yo siempre he sido de humanidades pero por alguna razón que no termino de comprender y por la remarcable insistencia de unos rebeldes créditos de libre configuración aquí estoy, estudiando un semestre de psicología.

Lima es gris y aún así las bellas personas sonríen, e incluso algunas de ellas insisten en recuperar la tradición perdida, que es roja y brillante. Lima es niebla-garúa-nubarrón contaminado: cualquier cosa cenicienta que lo cubra todo de hollín, incluso el alma. Hoy hemos ido al pasacalles de la identidad nacional. ¡Qué trajes tan hermosos! Qué edificios tan violentos. Qué pena que no vistamos todos como se vestía antiguamente (cuando se respetaba algo más que lo propio). Ojalá todos sopláramos dentro de las caracolas y nos vistiéramos de cientos de miles de colores afrodisiacos y olvidáramos el olor a podre y el gris de los ojos. Hablo con los conductores de las combis, o por lo menos lo intento. Algunos se ríen. Otros no me contestan, o simplemente no saben qué decir porque tienen la boca llena de gris y yo soy muy blanca. Los barrios que se esconden tras los cerros son el infierno, pero todavía no he entrado. Tan sólo lo he fotografiado desde la cima del Cerro de San Cristóbal y he pensado en lo absurdos que son mis créditos de libre configuración. En que millones de personas van a dormir hoy en todas estas chabolas ¿de adobe? Apenas se puede respirar el aire porque el aire es gris. Porque las bocas son grises y los corazones, los corazones…”.

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  1. Lima es tantas cosas…

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