UN HOGAR EN TARAPOTO

Cuando terminé la beca en Lima me ofrecieron un puesto como docente en la Escuela Nacional Superior Autónoma de Bellas Artes del Perú.

Tuvo que ser un martes ya que acabé en el Sargento Pimienta bebiendo un trago y rechazando con una forzada sonrisa a los hombres que intentaban sacarme a bailar las canciones de Héctor Lavoe o Rubén Blades.  Les rechazaba casi por costumbre y porque no sé bailar salsa. Prefiero disfrutar de la música y observar a los peruanos abrasar la pista de baile con su grandeza. Quedarme en la barra bebiendo ron furiosamente.

Aquella noche conocí a un hombre que al enterarse de que había estudiado Historia del Arte, carrera que ni siquiera existía como tal en el Perú por aquel noviembre de 2012, me propuso dar unas charlas sobre lo que se me antojara en la Escuela Nacional. Acepté. “Marcel Duchamp”, dije. Él me miró sorprendido pero agradecido al mismo tiempo.

─Ten cuidado con algunos alumnos. Desvirtúan el arte conceptual… bueno, contemporáneo en general e intentarán hacerte quedar en ridículo. Van a hacerte muchas preguntas.

─Perfecto ─contesté.

Al cabo de pocos días me ofrecieron un puesto por tres meses. Habían quedado satisfechos con la conferencia y me propusieron una sustitución por una baja durante los meses de verano. Poco importa. El caso es que dije que no sin pensarlo.

Después de veinte años sometida al mundo académico lo último que quería era ponerme a dar clases, trabajo que consideraba de una gran responsabilidad y belleza y al que, aun sabiendo que estaba preparada para afrontar, no deseaba atarme. Lo que yo quería era salir de aquella ciudad de once millones de habitantes cuanto antes y perderme en la selva.

Diez días después me bajé de un autobús en Tarapoto.

Lo dejé todo: la residencia de estudiantes, los trayectos en combi por la ciudad contaminada y ciertos encuentros sociales. En realidad tampoco había demasiado que dejar, ese todo se resumía a cuatro conocidos con los que quedaba de vez en cuando a tomar algo o ir a alguna exposición de jóvenes entusiastas. Creo que dejar mi vida en Lima suponía dejarle a él, más bien su insoportable ausencia, esa que me atormentaba en cada trayecto desde Surquillo a La Molina cada mañana camino a la Universidad. Dejaba los bares de salsa y el ron afrodisíaco al que tanto me aferraba: ese dolor punzante al sentir el poder de la música a borbotones en mi pecho. Ver bailar salsa cuando los dos miembros que ejecutan el acto saben lo que están haciendo y lo hacen con tal naturalidad que incluso parece algo sencillo, apto para todos los seres humanos del planeta, es tocar el cuerpo humano con la imposibilidad del movimiento perfecto. El mayor placer inimaginable traducido a ritmo, sensualidad y violencia mística.

En Tarapoto conocí a una mujer nada más bajarme del autobús. Se llamaba Luz y era pobre. Me invitó a su casa pobre durante tres días, un cobertizo de ladrillo y adobe que se caía a pedazos donde las gallinas lo cagaban todo, las moscas ametrallaban la cocina con su zumbido invariable y la televisión siempre estaba encendida. De ella emanaba un rumor soporífero que hacía que quisieras dormir a todas horas o salir corriendo a cualquier lugar lejos de aquellos muros. Pero el calor sofocante lo invadía todo y cualquier plan de acción acababa desembocando en una proyección poco plausible. Quizá el sentimiento de huida se atenuaba al comprobar con resignación que las puertas y las ventanas siempre estaban abiertas. Es así como viven los pobres: sin miedo.

Allí vivían su hija mayor, que tenía dos hijos y un marido, Luz, y su hija pequeña. El joven matrimonio vivía en el salón. Luz se empeñó en dejarme una de las dos habitaciones y no hubo más que hablar. Yo me moría de vergüenza porque incluso allí se me trataba con privilegio. Quizá por ser blanca, por haber sido privilegiada toda la vida o porque la gente pobre tiene un corazón inmenso. Yo procuraba cocinar todos los días platos típicos españoles y Luz parecía desbordar de felicidad. Era evidente que deseaba que su hija mayor no se hubiera quedado embarazada tan pronto y que hubiera estudiado como yo. Por aquel entonces ambas teníamos veintitrés años pero su hija se había convertido en una mujer con un marido obeso y holgazán y dos hijos a los que mantener a la que no le quedaba más remedio que vivir en casa de su madre por falta de recursos y yo, sin embargo, era una joven formada, profesional (como ellos dicen) que viajaba sola por el mundo, sin hijos ni marido obeso y holgazán al que reprochar la miseria y con todo un futuro ecléctico por delante. Aquello me avergonzaba porque veía cómo Luz le reprobaba aquel fracaso incorregible delante de mí. Le decía que tendría que haber visto mundo en vez de dejarse engatusar por el zopenco de su marido. Luz aprendió a quererme en apenas un día. Me quería como a la hija que nunca tuvo y que jamás tendría. Como a la mujer que ella jamás pudo ser.

La hija mayor me sorprendió enormemente por su temple. No pareció afectarle aquel episodio materno-filial. Creo que conocía demasiado bien a su madre como para odiarla.

─¿Quieres que vayamos al pueblo de al lado? ─me preguntó el segundo día. ─Conocerás a mi abuelita María y a sus nietos. No viven muy lejos de aquí.

Me monté en su moto escacharrada y nos escapamos juntas como dos amazonas enamoradas a las que nadie jamás podría cuestionar nada. Creo que ambas nos respetábamos por lo que éramos y lo que hacíamos, por las circunstancias de nuestras vidas tan diferentes e incompatibles. Una de esas extrañas veces en las que resulta incluso innecesario recurrir a las palabras. Por un día me convertí en su mejor amiga y ella dejó a sus hijos a cargo del marido. Su día de gloria y libertad. Un regalo del cielo.

Dos días después Luz me acompañó a la parada de las combis. Las lágrimas brotaban como perlas de sus ojos cansados y me repetía frenéticamente que me cuidara. Que tuviera mucho cuidado y que jamás la olvidara. Aquella cascada de emociones provenía de los avernos de su infancia, de una maternidad castrante o castrada quizá, de una necesidad flácida de cambiar sus circunstancias. Yo representaba demasiados anhelos en la vida de estas personas que tan bien me trataron y que sin conocerme de nada, me abrieron su hogar sin siquiera dudar un instante.

Le dije a Luz que jamás la olvidaría. Ella lloraba sin parar.

Pasé diez horas en el asiento delantero de la combi, repleta de hombres que se dirigían a un punto concreto de la larga y tortuosa carretera para trabajar en las obras. Diez horas después llegué a Yurimaguas, la ciudad desde donde habría de coger un barco para cruzar el Amazonas durante tres días. Me compré una hamaca por diez soles y me metí en el barco, que no salió hasta la mañana siguiente. De la semana que pasé en Iquitos perdida en algún lugar recóndito de la selva, sólo han sobrevivido estas pocas fotografías, pero esa es otra historia. Pensé que escribiría sobre ella, pero hay otras que, por simples que parezcan, invaden nuestros recuerdos colmando de sentido nuestros viajes. Los pequeños encuentros conforman siempre la solidez inconmensurable de nuestra plenitud. Sorprendentemente hoy, después de cinco años, todavía recuerdo el rostro de Luz.

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Amazonas

arbol con lianas

arbol enorme

barco hacia Iquitos

caimán

osa perezosa hermosa

tarántula

termitas repelente mosquito

Yurimaguas río Marañón

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