LAS HORAS JÓVENES

cuando el abedul se yerga solemne
se incline este ejército de hábitos irreconocibles ─en luz─ ante su grandeza
se dispongan las huidas cual redonda sinfonía
y las verdes horas velen por las galerías propias
volverá a brillar el sentido durante poco más de un segundo
abrupto e infinito
clarividente
y ─porque callas
hay monstruos en la parte blancucha de tu reverso
(donde tus nalgas dibujan formas macabras)
y pienso que esto es amor

debe ser esto amor ─una hoja se desprende─ así
cuando el abedul se parta en limpias mitades
sabré que fue por culpa de los hábitos reconocibles

adentro ─aquí─ en el monstruo dorado
nebuloso orbital su precipicio de arena
donde cardan las volutas donde se hacinan los hombres
murió aquel día una luz en las ciudades
¡y yo paralítica!
cual abeja orgásmica tras la triunfante penetración
pues el veneno habita en mí y tras el espasmo
su rostro es un terrible espejo

he aquí la culpabilidad del perro en resurrección sumisa ─revoloteo
hago demasiado ruido
es transparente y vergonzoso

a lo lejos un cuerpo joven
de piernas largas y feas torso prepúber
su rostro berniniano
en tránsito dulce escribe versos como los ángeles
son verdaderas sus canciones
─has escrito bellezas inconcebibles─ le confieso
a lengua torcida sin sonido (no había ningún sonido)
«sólido es el espumarajo que borbotea de este miedo profundo»
algo así
le dije desde la fisura temblorosa que aguarda la saciedad
como un soplo azul o fértil
un inadmisible rubor ─probablemente─
algo vulgar

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